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Imaginen que de repente nos encontramos a un hombre viajando en un tren muy viejo, muy incómodamente y con muchas dificultades. Debido a que se nota que a pasado por mucho, le preguntamos que a dónde se dirige, ya que parece aceptar estar aguantando incomodidades con el fin de llegar a algún lugar importante. ¿Que pensarían si el hombre nos responde, que esa pregunta nunca se le había ocurrido? Probablemente diríamos que ese hombre está loco por ir viajando tan incómodamente y pasando por tantas cosas sin saber si quiera a dónde va. Ese es el caso exacto de la mayoría de personas en la vida ordinaria. Pasan por el viaje del nacimiento a la muerte, caminando por el camino de la vida y nunca se preguntan porqué… y si se lo preguntan… hacen la pregunta de manera superficial, sin que realmente les importe si logran encontrar o no una respuesta.

La última cosa que descubre el hombre es a sí mismo. Para la mayoría de hombres, ellos son un misterio para sí mismos. Es más, la mayoría ni siquiera saben que existe un misterio. Si le preguntamos a un hombre común y corriente, que ¿Qué es lo que él es realmente? ¿Qué pasa cuando siente, piensa y actúa? ¿Cuál es la causa de tanta lucha interna entre el bien y el mal, del que está consciente en su pecho? Probablemente no solo no sabría responder, sino además la pregunta le parecería extraña y novedosa. Pero al mismo tiempo, ¿Que es más extraño que el hecho de que cualquier ser humano pase por la vida y todas sus vicisitudes, sufriendo las miserias comunes a todos los hombres, alegrarse en los palceres de la vida, aguantar el inevitable peso que a veces representa y nunca preguntarse porqué?

J.J. Van Der Leeuw, LL.D

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